Ni idea de qué The Backroom
es parte de los famosos relatos de horror recopilados y compartidos a través
del internet. Definidas como Creepypastas hasta que por el año 2021, un joven llamado
Kane Parsons se dio a la tarea de adaptarlas en una serie de videos que se
volvieron virales en Youtube gracias al uso de herramientas digitales como
Blender.
Tres años después y se convierte
en el director más joven a los 20 años en hacerse cargo de una película
original que desbancó a Star Wars con un fin de semana de $ 120 millones a
nivel mundial. Esto sí que es historia y de la buena, mis respetos para el
estudio A24 que se arriesgó al financiar su adaptación con tan sólo $ 10
millones.
Agregando a Obsesión en el
mix, entonces nos encontramos en una era similar a los ochenta en donde los
estudios comenzaran a apostar por producciones originales, arriesgadas y que no
dependan de secuelas comerciales o franquicias de alta calibre. Por decir que
ni siquiera Marvel o DC Comics la tienen tan segura con sus mega-producciones
que superan los $ 250 millones de presupuesto.
Si no hubiese sido por mi repentino
interés en Backrooms, hubiera ido a ver por tercera vez la de Mandalorian
& Grogu. De un día para otro me sentí intrigado por su debut de $ 40
millones en los Estados Unidos. Hasta se asegura una taquilla final en los $
200 millones y hasta $ 400 millones a nivel mundial. Ahora, sí que todo es
posible y me da gusto que esto sacuda a Hollywood para bien.
En cuanto a la narrativa en Backrooms,
confieso que no será la mejor que haya visto, pero su desarrollo de personajes
me fascina por lo profundamente sugestiva que llega a ser y sentirse por lo
bien que Robert Patino y Will Soodik adaptaron los relatos de Parsons. Quién
como este joven para hacerse cargo de la dirección, que fácilmente su
cinematografía es digna de obtener futuras nominaciones, eso y la edición de
sonido, la banda sonora y el montaje.
Y es que cada uno de sus aspectos
técnicos logra el acometido de ponerte los pelos de puntos, desde que inicia,
se te hace un nudo en el estomago y cuesta respirar o siquiera concentrarse por
lo mal que uno la pasa. Al igual que los protagonistas, sólo quieres meterte de
lleno a los laberintos y explorar este mundo sin fin.
Aun así, me temo que no llegas a
comprenderlo del todo y no creo que haya sido el punto; de qué te pone a
pensar, lo hace de un modo que quizás podría detonar crisis como apagarlas, si
se decide hacerse una retrospección, o al menos así es como yo lo veo en mi
humilde punto de vista. Lo menciono al haberme despejado la mente lo cual es
inusual tratándose de un horror, literalmente hablando.
Haberla ambientado en el año de
1990, le da un toque serio que tanto necesitaba por inutilizar la tecnología.
Es más misterioso y personal no contar con laptop y celulares; en parte
nostálgico por recordarme a esa época que en raras ocasiones extraño por que la
imaginación, creatividad y la comunicación “prosperaban” al nosotros tener que
depender de nuestras mentes, manos y contacto tanto visual como físico.
Por decir que disfruté las
sesiones psicológicas, en especial el acto de actuación que tenemos al inicio
como al final, concuerdo en que la selección de Chiwetel Ejiofor y Renate
Reinsve resultaron, en una palabra, perfectos. Serios o tensos, su expresión
corporal es contagiosa en los escenarios de puro horror o cuando se enfrentan
en dilemas existenciales con tal de darse duro en la cabeza.
Sin importar que sus apariciones
hayan sido breves, cada uno de los actores secundarios como Mark Duplass, Finn
Bennet y Lukita Maxwell nos hacen importarnos por ellos y no se diga de Robert
Bobroczky a quienes recordaran por su macabra presencia en Alien: Romulus.
Aquí Robert entrega otra actuación inolvidable que seguramente será las
pesadillas de algunos niños que estuvieron en la sala.
Desconozco la clasificación, pero
yo no me atrevería a llevar a un niño a esta función, ni loco viendo como el
suspenso se te mete a la cabeza, te la sacude de una forma que la ansiedad te
carcome por dentro porque hasta lo sentí en el estomago y en parte porque la
música del propio Parsons como de Edo van Breemen saben tocar esos puntos
delicados en tu ser hasta el grado que una vez que empiecen los créditos, no
sabes ni por donde te llegó.
Por más que me duela admitirlo,
la encontré satisfactoria y me siento con la necesidad de verla explorarse en
una secuela. Siempre y cuando sea una historia estructurada, con un principio
hasta su fin. No quisiera que se volviera en un cuento de nunca acabar como las
de Juego Macabro, Scream o Destino Final. No obstante, ese soy yo
hablando, obviamente el estudio va a ser lo que tiene que hacer y con Parsons
abordo, no debería haber problema alguno.
En conclusión, este es un horror
sadomasoquista porque disfruté de esta infinita agonía y tortura psicológica, y
fue desde su sublime inicio con las tomas caseras hasta ir viendo como los
protagonistas se desenvuelvían dentro de este inframundo de encuadres
extraordinarios por relevos. Cada pieza, arte y objeto está porque tiene que
estarlo, y lo bello de ello es que se siente orgánico y espontaneo.
En palabras más simples, es como si estuvieses jugando un videojuego por la primera vez, al no tener la menor idea de en donde estás y de lo que se tiene que hacer para pasar al siguiente nivel a sabiendas que conforme bajes o subas, los obstáculos como el enemigo se van a poner peor. Es así como defino Backrooms, una propuesta que te atraviesa gracias al espíritu de la creatividad de Kane Parsons y a la confianza que le tuvieron los productores Shawn Levy y James Wan para volver este sueño en una realidad de la que no dejaremos de hablar por lo menos este verano.

